sábado, 12 de junio de 2010

Pasividad

Señalé hacia adelante, varias centinelas me adelantaron y abatieron a un demonio inferior que se encontraba frente a nosotros. Me apresuré para seguirles el ritmo.
—¡Entrad en el Cerro!— dije, poniéndome de nuevo a la cabeza de la pequeña expedición. Se giraron, mirándome.
—¡¿Es que no me habéis oído?!— dije, levantando la voz. Desenfundé y comencé a correr camino arriba. Estaba más oscuro de lo normal, al mirar para arriba veíamos, de vez en cuando, algunos pares de ojos ambarinos. Diablillos, quizá sirvientes de otro demonio de mayor poder. Nunca nos habíamos internado tanto en el Cerro y les habíamos cogido por sorpresa, al menos eso creía. Teníamos que llegar al fondo, ella estaba allí, estaba seguro. Apreté la ligera cadena contra mi mano, cerrando los ojos por unos segundos y retomé la marcha.
—¡Éste no era el plan!— gritó una centinela, al otro lado del pelotón.
—¡Hay que seguir subiendo, está arriba!— contesté, jadeando.
—¡¿Quié...?!— la kal'dorei no terminó la pregunta. La parte de abajo del Cerro, el cual hace unos instantes había estado extrañamente despejado había sido ocupado por dos súcubos, un grupo numeroso de diablos menores y un gran guardia vil.
Observé con horror cómo comenzaba a brotar sangre de la garganta de la centinela, la cual cayó de rodillas.
Las demás, se dieron la vuelta y cargaron sobre los demonios. Los diablillos fueron los primeros en caer, al igual que las súcubos; no causaron ninguna baja.
Se giraron hacia el guardia vil y emprendieron el ataque. Éste, cortó literalmente a una de ellas con su hacha, golpeando con la otra mano a otra de las centinelas. Las demás se alejaron para ganar espacio y el demonio aplastó la cabeza de la que estaba en el suelo con su pezuña derecha. Salí corriendo hacia él y me apartó con fuerza, lanzándome contra las rocas. Otro guardia vil vino raudo desde arriba, no tan grande como el primero. El primero enarboló su arma, dando una orden al recién llegado mientras ambos cargaban sobre las dos centinelas restantes; uno de ellos murió rápidamente, pero el guardia inicial abatió a otra de las centinelas sin problemas. Aproveché el desconcierto para recomponerme, el golpe había sido brutal y no me mantenía demasiado bien en pie. Crucé el camino a toda velocidad, inclinándome para agarrar a la última centinela viva y obligarla a salir de allí. Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, el camino estaba cerrado. Cerré los ojos por unos segundos mientras los demonios clavaban sus miradas en nosotros. Acto seguido, subí por una de las elevaciones del Cerro y me tiré hacia abajo; desconocedor de la altura que nos separaba del suelo. Evité ambos caminos y nos deshicimos de la presencia demoníaca en apenas unos segundos; el golpe contra el suelo no fue más que nuestra salvación.

Me golpeé la cabeza contra éste, en ese mismo instante, sufrí un espasmo y abrí los ojos. Me incorporé rápida e involuntariamente, con la respiración sumamente agitada, había vuelto a soñarlo. Me ladeé y tanteé con la mano el otro lado de la cama.
—Hmmmpf.
Me volví a recostar, llevándome las manos al rostro e intentando conciliar de nuevo el sueño. No tuve demasiados problemas en hacerlo, estaba realmente agotado.

Cuando los escasos rayos de sol ya se iban con el anochecer en Darnassus ya estaba despierto, monté a lomos de la hembra que Dalria me había conseguido la noche de mi regreso, hace ya un par de días, y me dirigí a la charca.
Sabía que estaba allí, así que fui directamente hacia ella.
—Buenas noches, Dath'anar— saludó, secándose el pelo mientras me miraba.
Asentí a modo de saludo.
—¿Cómo estás?— pregunté.
La noche anterior, Dalria había recibido la noticia de la muerte de su hijo.
—Descuida, estoy bien— murmuró, yéndose hacia el lado trasero de la charca para cambiarse.
Me apoyé en una de las grandes raíces del árbol, echando la cabeza para atrás a la vez que cerraba los ojos. Volví a bombardearla con preguntas respecto a la Orden y a nuestro futuro, a las que respondió sin meditarlo demasiado. Terminó de cambiarse y vino de nuevo.
—Creo que lo mejor será irme a Costa Oscura, allí podría controlar toda comunicación con Vallefresno— dije, mirándola de soslayo.
No me puso ningún impedimento, es más, me ofreció la casa de su hermana para dormir. La acepté gustosamente, la última vez que dormí en la posada un humano intentó desvalijarme.
Se lo agradecí, con una sonrisa algo fingida. Por primera vez, tenía ganas de perder de vista Darnassus. Me alejé de la charca, monté y me dirigí a la aldea Rut'theran; rumbo a Auberdine.
Estaba harto de la pasividad de Darnassus, nadie movería un dedo por Vallefresno. ¿Miedo? ¿Cobardía? Hubiera preferido lo primero a toda la tranquilidad que invadía la ciudad.

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