viernes, 2 de julio de 2010

Eldaeh I

Lamentablemente, estábamos en lo cierto. Dalria y yo habíamos dado justo en el blanco, en el centro de la diana. Estábamos solos. El silencio había retornado al bosque, el ruido metálico del entrechocar de las armas había cesado y, aunque me cueste decirlo; hubiera preferido que se segaran más vidas si eso conllevaba la recuperación de Vallefresno, un número ingente de vidas.
No me reconocía a mí mismo, pero había adoptado una extraña repulsión hacia todo aquello que me recordara el abandono de la guerra, incluyendo a los propios kal'doreis.

Estaba de camino a la casa de Auberdine, ocupada por Dalria. Abrí la puerta y entré, sin hacer demasiado ruido. Me quedé paralizado, mirando a la elfa que estaba junto a ella. Desvié rápidamente la vista hacia Dalria, pidiendo explicaciones con tan sólo mirarla.
La elfa que estaba con ella, era Eldaeh. Y no era la primera vez que la veía. No llegaba a la mayoría de edad, pero estaba demasiado espabilada. Conseguía cuanto quería por medio de la seducción, como una lamentable humana. Lamentable o no, había surtido efecto conmigo hacía apenas unas semanas.

Tras los intentos fallidos de Dalria de mandarla fuera de Auberdine, la cría se acercó a ella, apartándose el pelo de la cara. Ya volvía a olerlo, desprendía un embriagador aroma, el simple hecho de olerlo te introducía en un estado demasiado comprometido. Desgraciadamente, tuve mucha menor resistencia; estaba apoyado en la pared, con el cuello estirado y la mirada clavada en Dalria, vergonzosamente excitado. Me recordé a mí mismo quién era, qué era, pero no me ayudó demasiado. Lo único que pude hacer fue dejarme caer arrastrando la espalda por la pared, hasta el suelo. Encogí una de las piernas, apoyando los brazos en la rodilla para hundir el rostro sobre éstos.
Me quedé en esa posición durante un rato, breve, pero se me hizo eterno. Levanté ligeramente la mirada y vi a Eldaeh sobre Dalria. Recorrí con la mirada a ambas elfas, perdiendo toda la poca decencia que tenía. Desvié la mirada hacia la pierna de Dalria, estaba herida, días antes un oso la había atacado en el bosque; y ahora estaba doliéndose. Me pidió ayuda varias veces, pero yo no estaba en condiciones de hacerlo. En ese instante, no era más que una estatua de mirada lasciva.

Tras múltiples amenazas por parte de Dalria hacia Eldaeh, logró zafarse de ella. Con una increíble resistencia que yo mismo fui incapaz de tener me arrastró hasta fuera de la casa, montándome junto a ella en su sable hacia cualquier dirección, lejos de aquella casa y de su endiablado aroma.
Aún estaba inutilizado, sin atreverme siquiera a sujetarme a su cintura. Cogimos el barco hacia Teldrassil, pero aún podía notar el olor impregnado en ella con tan sólo acercarme; y lo estaba haciendo demasiado. Cerré los ojos con fuerza y me agarré de la silla de montar, el único acto por voluntad propia que había hecho en todo el rato.

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