miércoles, 21 de julio de 2010

Thoribas II, calma

Me desperté bien entrado el día, con el rostro aún hundido en la almohada. Giré la cabeza, un pájaro negro se había posado en la cima de uno de los postes de madera que sujetaban la cama del barracón. Fruncí el ceño antes de golpear la parte baja de la cama con el pie, obligándole así a largarse. Me incorporé, cansado y dolorido por algo que no merece la pena narrar, llevé los pies al suelo y me levanté no sin esfuerzo. Fui acercándome con paso lento hacia la tinaja de agua, junté las manos y las sumergí en ésta, sacando algo de agua que fue a parar directamente a mi cara. Me restregué las manos, aún mojadas, por el cuello; suspirando a medida que apoyaba la frente en la pared.
Desconocía como se encontraba Dalria después de todo lo sucedido, pero en estos momentos estaba algo confuso. Tanto por mí, como por ella. Había sido un día demasiado movido, y aún tenía secuelas. Había acudido hasta El Paso de la Muerte con alguna que otra herida de una trifulca anterior y el movimiento del sable no había hecho más que empeorarme levemente las heridas. Además, seguía sin comprender qué diablos hacía Dalria en casa de Jedern. Días atrás, éste había perdido la mano por intentar hacer con Dalria cuanto ella no quería y ahora había sido ella la que se había metido en su cama por propia voluntad.
Bufé, incómodo, la herida del vientre me acababa de dar un aviso... aunque, juraría que agradecí que me sacara de esos pensamientos.
Me acerqué hacia el puente que comunica el barracón con la ciudad, mirándola distraídamente. ¿Dónde había ido Thoribas? No lo sabía, pero de lo que sí estaba seguro es que lo volvería a intentar. Había perdido el liderazgo en la Orden y a Dalria. Al contrario que ella, yo tenía la ligera suposición de que Thoribas sentía algo más que odio por ella... de hecho, lo sigo creyendo.
Cayó la tarde y la luz de la luna empezó a ser la que iluminaba Darnassus, no había visto a Dalria en todo el día y tampoco tenía demasiadas ganas de acercarme a casa de Jedern, aún así, no me fiaba de él, así que decidí deslizarme discretamente hasta allí para asegurarme de que estaba bien, nada más. Afortunadamente, el día transcurrió tranquilo, sin ninguna novedad que merezca ser recordada.

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